Alemania

Joachim Löw levantó hace cuatro años con Alemania la Copa del Mundo que coronaba el cambio de mentalidad del fútbol alemán. En la cita disputada en Brasil, cuna del balompié, el combinado germano certificaba con éxito un giro acometido mucho tiempo atrás, en cuyo desenlace más reciente vio al exquisito lateral Philip Lahm, cincelado por Pep Guardiola, ser el mediocentro del equipo en la fase de grupos, un reflejo de lo andado y lo pensado durante una década de reflexión. Cuatro años después, Alemania disfruta de todo lo construído, pues la identidad está asentada y recoge los frutos de todo lo invertido. A pocos días de su debut en el Mundial de Rusia, los teutones chocaron con Arabia Saudí. Y si bien el contexto competitivo no es el más adecuado para dotar a las valoraciones de un rango de veracidad, lo visto da para interpretar pistas e imaginar escenarios.
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Con el BayArena como testigo, Alemania y Arabia Saudí se midieron con papeles bien definidos, aunque no con igualdad en las fuerzas. Con una alineación propia de objetivos mayores, Alemania quiso probar su plan más fluido y directo, uno en el que da continuidad a la naturaleza de buena parte de sus futbolistas y a la idea que ha asimilado cuando tiene la pelota, esto es, abalanzarse y amontonarse sobre el rival con un ímpetu heredado en su camiseta que hace de su fase ofensiva algo tan dominante como agresivo y no tan masticado. Para llevarlo a cabo, Alemania no escatima iniciativas ni medias tintas. Sus laterales se suman hasta línea de fondo; su punta, Timo Werner, se mueve constantemente, y los extremos se desmarcan a toda velocidad para fomentar la profundidad y la llegada desde el lado débil -Müller o Draxler- y el carril central -Khedira-.
Así, los de Löw cargan el área, y así lo hicieron en los primeros 25 minutos ante los de Juan Antonio Pizzi, con seis de los diez hombres de campo. En 4-2-3-1, Alemania activa su modo avalancha sin pases atrás. Es su plan más rápido y por eso, ese plan obliga sobre todo, a sus centrales, Hummels y Boateng, a arropar a Kroos, quien nunca se ha caracterizado por corregir espacios abiertos ni encimar desde lo físico una segunda jugada. Y ahí, Alemania parece echar en falta un tercer centrocampista que probablemente Löw disponga no sólo para tener una pieza más entre la pérdida y el balance sino también para pararse en algún lugar del campo, una de las consecuencias que pueden comprometer su propósito más fulgurante. Debe ponderarse que la concentración y el esfuerzo por meter intensidad a diferentes tramos ante Arabia Saudí no fueron de primer nivel, pero estructuralmente Löw tendrá que seguir dando puntadas a su transición ofensiva.
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Precisamente, la movilidad de los saudíes, más menudos pero sin velocidad sostenida para castigar a tantísimos metros de portería rival, ejemplificaron los potenciales problemas para jugar a un ritmo tan alto y no salir penalizado. Hummels y Hector sufrieron mucho por su costado y en la segunda mitad, el bloque alemán asumió que debía competir algo más dividido y partido. Para arreglarlo, el posible rol de Özil, la titularidad de Gundogan o Sebastian Rudy tratarán de compensarlo en Rusia. Para detenerse en ataque con marcador a favor o ante amenazas diferenciales y para no depender tanto de que sus centrales se impongan en cada duelo por anticipación. Ya ocurrió en Francia 2016 que la campeona del mundo no terminó de mostrar equilibrio. Y en Rusia la pregunta puede tener un valor similar.