En la derrota

Decía el escritor argentino Jorge Luis Borges que la derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce. El hecho de perder siempre trae consigo una oportunidad de exhibir entereza, orgullo y responsabilidad con uno mismo. De asumir con rectitud y fortaleza de ánimo el dolor que sucede a la derrota. Es en los más duros momentos en los que se conoce a los más íntegros deportistas, a aquellos confiados en que su destreza y su capacidad les hará salir del agujero más profundo. Transmitir serenidad es el primer paso para revertir una situación negativa.
Anoche el FC Barcelona fue violentamente zarandeado por el Paris Saint-Germain en la que será recordada como una noche negra en la historia del barcelonismo. No solo fue el cuatro a cero del fondo. Las formas de la derrota fueron particularmente hirientes, con Messi desconectado del juego como prácticamente nunca en toda su carrera y el equipo partido en dos y sin capacidad visible de reacción mientras los parisinos jugueteaban con el favorito para alzar el título como un gato juguetea con un indefenso ratón antes de zampárselo. El repaso de los de Unai Emery al Barça fue mayúsculo, superlativo y sin posibilidad de réplica. Superándolo en todas las líneas y facetas del juego en una exhibición que es ya historia de la UEFA Champions League y que, muy probablemente, rozó el ‘partido perfecto’.
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Situaciones como la que dejó en el barcelonismo el doloroso escenario del postpartido del Parc des Princes requieren de mucha templanza y psicología aplicada para ser superadas. La afición azulgrana, aún en shock por la inesperada bofetada encajada en París, buscaba ayer un cobijo y un consuelo que aliviase el dolor y apaciguase el susto. No eran ya tanto las explicaciones de por qué André Gomes sí y Rakitic no. No era una explicación razonada, lógica y coherente a lo que el técnico azulgrana consideraba que podía haber ocurrido a su equipo para ser ultrajado de semejante manera. Ni siquiera era eso. Ayer el barcelonismo buscaba sosiego, el necesario sosiego tras una tensa pelea. Un regazo cálido y protector en el que enterrar la cabeza. Buscaba una voz firme y serena que le invitara a lamerse las heridas y rescatar el orgullo pensando, aun con insólita confianza, en el partido de vuelta.
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En su lugar, en lugar de ofrecer paternal consuelo a los suyos, Luis Enrique optó por despreciar la oportunidad de exhibir dignidad que siempre procura la derrota. No quiso proteger al equipo, quiso protegerse a sí mismo. Acudió el técnico a sofocar el fuego armado con dos latas de gasolina y un cajón de pólvora. Lejos de encajar la derrota con entereza, el asturiano explotó ante el micrófono de Jordi Grau (TV3) provocando que la sensación de inestabilidad que sobreviene de un naufragio como el de París se acrecentase en un escenario que pedía sosiego, confianza y reflexión interna a gritos. El desequilibrio plasmado sobre el césped tuvo su epílogo en la zona mixta. La desproporcionada y desquiciada reacción del técnico, muy alejada de lo que uno espera de un gestor de grupos humanos del más alto nivel, transmite una sensación de falta de control y debilidad aún mayor que la que dejó el juego del Barça durante los noventa minutos de partido.